LA MANZANA DE CRISTAL

Manzana

 

En muchas ocupaciones la experiencia dada por el paso del tiempo se refleja en la habilidad y calidad con que se realiza la labor. Si bien es cierto que la experiencia es fundamental en la docencia, el simple paso de los años, el haber dado muchas clases y el haber asistido a interminables reuniones de profesores o a talleres de desarrollo profesional, no garantiza que los alumnos aprendan más.

Para que el lector entienda el nivel de influencia que ha ejercido en mí el programa de desarrollo profesional, PDP ELE-16, patrocinado por la editorial Edinumen, debe saber un poco acerca de mi historia profesional. Soy un profesor veterano, que a pesar de haber enseñado en diferentes contextos socio culturales, en diferentes países, en diferentes niveles de educación y de haber logrado un cierto nivel de reconocimiento entre mis colegas, nunca llegué a sentirme honesto conmigo mismo al final de cada clase dictada. No importaban las sonrisas de mis estudiantes, las buenas evaluaciones de los directores, ni los mensajes de agradecimiento de mis exalumnos. Había algo que no podía reconocer, pero que muy dentro de mí me hacía sentir como el mejor de los actores. Sentía que cada clase no era más que un acto en el que ponía al servicio de mis estudiantes mi capacidad histriónica combinada con mi habilidad para transmitir cierta buena energía por el idioma español.

El sistema educativo está tan anquilosado que con muy poco esfuerzo cualquier docente que se lo proponga puede llegar a ganar reconocimientos como “el profesor del año”, o “La manzana de oro.” En mi caso, hace unos diez años obtuve un premio llamado “La Manzana de Cristal” que aunque trajo gran orgullo para mí, para mi familia, estudiantes y colegas, en últimas terminó siendo la perfecta metáfora para describir lo que venía sintiendo en mi instrucción. El cristal es bello, transparente, reluciente, refleja los colores que le rodean, pero al mismo tiempo es frágil y solo con un breve descuido puede hacerse pedazos. El cristal simboliza la belleza exterior, la alegría pasajera y en mi caso, sentí que la “Manzana de Cristal” no era más que un mandato del destino que me obligaba a conformarme con el tipo de profesor que era.

Así pasaron los años y mientras cada mañana, al abrir la puerta de mi clase era bienvenido por los reflejos del sol en la Manzana de Cristal, poco a poco estos me fueron cegando hasta no poder ver con claridad el camino que debía ir señalando para mis estudiantes.

De repente, una noche invernal de noviembre o diciembre, no recuerdo muy bien, vi la invitación a tomar el PDP ELE que ofrecía de manera gratuita la editorial Edinumen. Debo confesar que en ese momento la parte que más llamó mi atención fue la de que sería gratuito.

Así, en el mes de enero comencé este viaje. Sin mucha expectativa me inscribi, leí algunas instrucciones y comencé a recorrer las diferentes opciones que ofrecía el programa.

Como todas aquellas cosas que disfrutamos, comencé a sentir que el programa iba avanzando a paso vertiginoso. En un abrir y cerrar de ojos estaba ya en el módulo tres, justo antes de mis vacaciones de primavera. Para ese entonces sabía que algo estaba cambiando en mi. No pude contener mi emoción y anuncié a mis clases que el Sr. Ojeda estaba en proceso de transformación, que no sería el mismo al volver de las vacaciones y que deberían estar preparados para presenciar mi metamorfosis. Los estudiantes escucharon atentos, con un interés casi enfermizo que rayó en la estupefacción. Al ver sus rostros conmocionados pregunté por la razón de su sorpresa, a lo que me respondieron que no entendían el por qué yo sentía la necesidad de hacer cambios. De acuerdo a su perspectiva (contaminada por un sistema educativo arcaico y déspota) mi clase era divertida, sentían que aprendían y creían tener una buena relación conmigo. Les agradecí y les prometí explicar todo al regreso del descanso, no sin antes prevenirles de que el cambio sería evidente y que era hora de decir adiós al Sr. Ojeda, pues nunca volvería a ser el mismo.

 

Transformacion1

 

Antes de partir hacia mi semana de descanso, decidí guardar la manzana de oro. Quise ponerla en donde todo premio debe ir, lejos de la vista, en algún armario en donde no pudiera continuar cegándome con sus diarios elogios.

Tal como lo había anticipado, el descanso de verano fue el momento propicio para mi transformación. De pronto dejé de pensar en aquellas lecciones estáticas y sin alma que por tanto tiempo había dominado y que eran el orgullo del administrador educativo de turno que debía observar mis clases. De repente comencé a escuchar voces, a ver imágenes, a concretar ideas, a conectarme con cada uno de los ponentes y expositores del PDP de ELE.

Comencé a pensar en mis estudiantes como individuos, como seres que merecen no solo mi capacidad de enseñar, sino también mi aprecio, mi preocupación, y por qué no, mi amor. Entonces comencé a conectar todas las piezas que por tanto tiempo tenía en desorden.

Escuche la voz de Francisco Mora Teruel, recordándome que no hay aprendizaje sin experiencia y que no hay experiencia memorable sin emoción. ¡Eureka! Pude atisbar en el horizonte un nuevo amanecer, pude sentir como en mi cerebro empezaban a formarse conexiones que iban multiplicándose para darme claridad de pensamiento. Luego llegó el gran anfitrión del PDP de ELE José Manuel Foncubierta, para sugerir hacer de todo una narración, comenzar a conectar lo teórico con lo experiencial, pasar de la memoria a lo memorable, ante todo, tener en cuenta los sentidos. ¡Gol! Por fin puedo conectar mi experiencia como lector y contador aficionado de historias con mi trabajo como docente.

Creo que haber escuchado y leído a Mora y a Foncubierta hubiese sido suficiente para garantizar una transformación a una mejor clase. Sin embargo, y por sorpresa apareció un espíritu benévolo encarnado en María Acaso, que se metió por cada poro de mi ser docente y que siento vivirá dentro de mí por el resto de los días que me quedan como profesor. Maria pone en palabras concretas, honestas y sentidas, lo que nunca tuve el valor de hacer por sentirme un poco solitario. Maria habla del ambiente de clase, de la actitud del profesor, de los espacios físicos, de lo que realmente aprenden los estudiantes. En unos cuantos minutos y en otras cuantas páginas, María Acaso vuelve añicos los modelos educativos actuales que no salen aún del siglo diecinueve. ¡Homerun!

Transcurrían los días de descanso y cada mañana me sentía no solo un profesor diferente, sino también un hombre nuevo. Fue así como comencé a entender que lo que sucede en la clase debe estar tan conectado con lo que sucede en la vida real como lo están los dedos a la mano.

Sentía que debía ver a mis alumnos inmediatamente, sin embargo, no sabía muy bien el por qué. Una tarde soleada entró a mi casa la maestra Jane Arnold.  Su simple presencia transformó mi expectativa y ansiedad, en calor humano. Jane me habló despacio, como asegurándose de que le estuviera entendiendo y así me explicó como sin afecto no es posible el conocimiento. Pensé en mis padres, en como siempre me ha sorprendido su capacidad para conocerme, entendí entonces que fue el amor lo que les permitió saber todo sobre mí, sobre un ser humano unico y complejo como todos.

Regresé al colegio pleno, convencido, nuevo, rejuvenecido, motivado y ello fue suficiente para que mis estudiantes entendieran de qué hablaba cuando antes de las vacaciones les dije que no sería el mismo al regresar. No tuve que explicarles nada pues el cambio era evidente.

Seguí adelante con el PDP de ELE para aprender más. Devore el módulo con Ben Goldstein quien habló de la imagen y de sus posibilidades pedagógicas en la clase de ELE. Sacié mi sed por saber más con las recomendaciones de Fernando Trujillo quien me dio consejos claves para organizar el trabajo por grupos. Escuché y tomé muchas notas durante las presentaciones de Chema Rodríguez quien habló sobre las TIC en la educación, y sobre el “blended learnig” dos temas que me apasionan.

Ya cuando creía tener todas las herramientas apareció Héctor Ríos con su propuesta de prosumisión en la educación. Héctor me enseñó que el estudiante del siglo XXI no puede ser más un ente pasivo pues no es lo que la sociedad de hoy quiere ni necesita. Héctor me retó a procurar que mis estudiantes se conviertan en prosumidores, en personas que además de consumir, son capaces de producir y que al hacer esto van cambiando radicalmente la manera como entienden, viven y crean su propia realidad.

Quedan por mencionar en esta reflexión muchos actores importantes del PDP de ELE. Me encantaría algún día poder estrechar la mano de cada uno de los profesores que han contribuido en este proyecto, Decirles que han cambiado mis días, y lo más importante, los días de mis estudiantes. Comentarles en detalle los cambios que sus reflexiones han inspirado, decirles que lo que han logrado con el PDP de ELE ha sido más que un curso de desarrollo habilidades del profesor. Su profesionalismo y su generosidad para explicar en términos simples y honestos aquello que les ha tomado años de investigación para poder entender, será algo que admiraré hasta el último día en el que sea llamado profesor. ¡Gracias por la inspiración!

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